El trabajo de Christopher Vicente refleja dos de sus inquietudes principales: el espacio como ambiente propio de refugio humano. Por otro lado, las personas como portadoras de dicho ambiente a través de sus experiencias. La formación como arquitecto ha ocasionado que una de sus exploraciones se provoque con la disposición de los espacios: texturas, materiales, formas, tamaños, profundidades y reiteraciones. De esta manera, y no como una idea separada de la otra, da paso al otro objeto de creación: la presencia humana. Sus personajes miran directamente al lente de la cámara de forma desafiante, imponiéndose en estos ambientes-espacios. La obra converge un diálogo entre el movimiento de lo inerte y la vitalidad de quienes lo provocan, la transitoriedad del ambiente magicorrealista y los rostros del ritmo de la vida en estridente permanencia.